NICOLÁS
MEGÍA-SU OBRA
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En tres grandes grupos podemos dividir su obra: composiciones
y figuras, retratos y apuntes diversos. Desde el punto de vista técnico,
maneja magistralmente tanto el óleo como la acuarela, sin poder olvidar
sus dibujos, ya al carbón o a plumilla.
De sus composiciones queremos destacar Laboremus, para nosotros una de las obras
más perfectas por su equilibrada estructura, su técnica y significación
simbólica, de la pintura española del siglo XIX. Un ritmo ascendente
en diagonal recorre el cuadro; desde la esquina de la izquierda, la línea
significante progresa por la espalda inclinada sobre la silla, y por el respaldo
conecta con la guitarra que toca el estudiante, que a su vez, como en una segunda
secuencia rítmica, se inclina en la misma dirección para guiar
el ojo hacia la parte alta; ahí, el estante librería tiene una
pluma en esa misma postura que da la salida en la esquina superior derecha.
Todo aparece volcado en esa dirección, véanse las cartas y el
libro abierto que están en el suelo; todo aparenta estar atraído
por una fuerza que asciende, formando un haz de líneas que se abre en
abanico en cuatro fases: cartas y libro, espada y respaldo, estudiante y línea
de la cornucopia en la parte alta, a la izquierda del estante de los libros,
que es un gradiente que aumenta rítmicamente.
Si acertada es la composición, no lo es menos el dibujo; su línea
siempre es sobria y expresiva, teniendo los mejores logros en el escorzo de
la cabeza y en la acertada forma de las manos, tan expresivas. En ciertos lugares
se acentúa la línea para matizar el contorno y hacer más
significativos los objetos.
El color es rico, predominando la gama caliente, y los acentos blancos del libro,
las cartas, puños, cuello de la camisa y papeles de la mesa juegan con
rica matización en el ritmo fugado de la composición, acentuándolo.
La riqueza de blancos recuerda a su paisano Zurbarán.
Técnicamente está realizado con gran destreza, las pinceladas
se adaptan a la forma y volumen de cada parte, en una serie de fundidos y acentuaciones
pastosas oportunas. Son dignas de estudio la solución de las carnaciones
y la distinta modulación del pincel en las telas, objetos duros y fondo.
Es una verdadera sinfonía de colores, ritmos y volúmenes, conseguida
gracias a la habilidad de la pincelada. La anécdota está bien
escrita plásticamente. Iconográficamente el tema está dentro
de esa larga tradición de la literatura española que arranca de
Tirso de Molina pasando por Zamora y Zorrilla; es el tema del estudiante despreocupado,
el Don Juan de inconsciente sonrisa. Cada elemento del cuadro es una frase plástica
que nos conduce gradualmente al centro temático. El simbolismo de cada
objeto se relaciona en una perfecta estructura con el conjunto.
Las cartas del juego, la bota de vino, la espada, los libros tirados en el suelo
o en los estantes con telarañas nos van calificando al personaje, un
estudiante que alegre toca la guitarra en expresiva posición. Como contraste,
la calavera escondida entre los libros es un toque de atención a la inconsciencia
juvenil, allí está como recuerdo de que “Sic transit gloria
mundi”. Unas rosas marchitas sobre la mesa, junto a una carta, nos recuerda
lo fugaz de lo material, como en nuestros poetas barrocos, y la inconstancia
del amor. El velón apagado también es un elemento que en la literatura
y plástica del siglo XVII sugiere el fin de la existencia. Asimismo podríamos
en esta curiosa pintura encontrar referencias a los cinco sentidos: la vista,
el espejo; las flores, el olfato; el gusto, el vino; el tacto, la guitarra y
el oído, la música.
Obra, como vemos, en la que continente y contenido se armonizan y se valorizan
mutuamente. La sensación de armonía que produce el cuadro se consigue
por varios factores, pero es uno principalmente el que juzgamos fundamental:
es la línea significativa que guía el ojo del espectador a través
de toda la composición. Esta línea no es el límite geométrico
de la figura del estudiante, como podría interpretarse en un examen rápido,
aunque coincida muchas veces, sino una serie de zonas plásticas que en
ocasiones delimitan al personaje. Los planos que originan este camino óptico
se alternan, y unas veces son diferencias tonales y otras cromáticas
las que van indicando cómo debemos mirar el cuadro y conseguir apreciarlo
en toda su belleza. Es algo parecido a lo que en la pintura contemporánea
se ha llamado por algunos críticos, entre ellos Seldon Cheney, muestreo,
que es en realidad valorar zonas muertas con la materia pictórica, el
signo, grafismo o cualquier sistema que evite la inexpresividad plástica.
Como decíamos al principio, es una obra digna del Museo Nacional del
siglo XIX.
Otra de sus obras fundamentales y que también está en el Museo
Provincial de Badajoz es En el harén, que el antiguo catálogo
del museo llama La odalisca, aunque el autor le puso el título anterior
en el Catálogo de la Nacional de 1884 donde estuvo expuesta. El tema
de la joven árabe tocando la tiorba o la guzla entra dentro de la moda
del momento. Fortuny, Moragas, Fabré, Jiménez Aranda y otros se
sienten atraídos, como Megía, por el ambiente oriental, que se
presta a la fantasía y a la exhibición del colorido. La figura
ocupa casi todo el espacio pictórico, su volumen rotundo se enmarca en
el fondo del tapiz, que llena el vacío como si tuviese un horror vacui.
Algo similar pero con otro idioma plástico haría más tarde
y con el mismo tema Matisse.
Es obra de rico colorido, sobre todo en el traje, que se compensa con los valientes
blancos de ciertas zonas. El rostro y manos realizados con rotunda técnica
son de gran maestría. La pincelada modula cada parte, siendo de una gran
riqueza expresiva. La composición obedece a un sentido diagonal que a
Megía parece agradarle, dado el número de obras que resuelve con
este sistema. Es la torsión, unida al escorzo, lo que produce una sensación
de movimiento. La recta inclinada del instrumento musical compensa la diagonal
en sentido contrario de la figura.
La Ciociara, anterior a estas obras y expuesta como ellas en la Exposición
Regional de 1892, es una figura de campesina italiana. Su armoniosa postura
tiene la agradable cadencia de algunas figuras femeninas de Corot. Su maestro
Valdivieso tiene un cuadro similar con el mismo título. El colorido es
más apagado que en los anteriores; pero está bien conseguido el
efecto lumínico, modulándose la pasta de la pintura con rotundas
pinceladas.
Del cuadro religioso San Pedro sólo conocemos un boceto, que es sin embargo
una pequeña obra maestra. Tiene el rostro gran belleza clásica,
recuerda ciertas cabezas de estatuas antiguas y por el color, vigor de ejecución
y materia, nos trae a la memoria el nombre de Ribera, del cual hizo Megía
varias copias en el Museo del Prado.
La defensa de Zaragoza es el cuadro de mayores dimensiones que conocemos de
Megía. Con él consiguió la Segunda Medalla en la Exposición
Nacional de 1890. Se encuentra como depósito del Estado en el Museo de
Tenerife. En su estudio, trasladado por su hija a Monesterio, hay varios fragmentos
de diversas partes del cuadro a su tamaño, y un boceto general. La composición
está bien resuelta, y aunque no deja de ser uno de esos cuadros de historia
que los pintores de la época tenían que hacer para demostrar su
categoría, una especie de prueba de reválida, su espontánea
realización, su cromatismo claro y entonado y su realismo le alejan del
cuadro histórico de guardarropía.
Los retratos de Megía forman un grupo de obras con una gran unidad. Desde
los más antiguos, que conservan sus familiares en Monesterio, se percibe
una gran preocupación por reproducir con gran exactitud la realidad,
eliminando todo elemento que pueda perturbar la atención del espectador
sobre los rasgos y caracteres del rostro del retrato.
Se eliminan todos los objetos que como dato simbólico introducía
el Romanticismo en sus retratos, y los fondos son sencillamente complementos
cromáticos de carácter neutro que sirven para fijar y concentrar
más la atención del espectador en la sicología del individuo,
que se consigue con una ligera carga de expresionismo, patente por el tratamiento
plástico de la obra. Así, las figuras femeninas y los niños
se realizan con suaves pinceladas de colores tiernos que se funden en armoniosas
gradaciones, conseguidas por veladuras, mientras los ancianos y adultos masculinos
se hacen con una materia pictórica abundante que sugiere la estructura
de las arrugas y la dureza o flacidez de ciertas partes del rostro en las que
la edad dejó su huella.
La técnica de la acuarela se prodigó entre los artistas españoles
del siglo XIX y muchas de las primeras figuras de nuestro arte fueron consumados
acuarelistas. Entre ellos Fortuny, Villegas o Fabré tienen verdaderas
obras maestras que no desmerecen de sus cuadros al óleo. Nicolás
Megía tiene también una numerosa producción en esta difícil
técnica y se le puede considerar con toda justicia un acuarelista equivalente
a los anteriormente citados.
En algunas que están sin terminar podemos estudiar el proceso de realización,
que suele consistir en unas leves indicaciones de lápiz oscuro, una primera
aguada ligera para entonar el conjunto de la obra y una progresiva terminación,
que se inicia en las partes principales: rostro, manos, etc. Todas las que conocemos
son figuras y aunque algunas tienen un fondo de paisaje o de interior, las cosas
complementan el tema con un fondo neutro levemente matizado con el complementario
del color principal. Este fondo suele ser una mancha modulada alrededor de la
figura que se oscurece junto a las partes luminosas de ella.
Los nietos de Nicolás Megía tienen en su estudio de Monesterio
algunas de las piezas maestras. Pobre pidiendo es un logro de cromatismo, neutralizado
con veladuras grises, y un acierto en la postura y expresión del rostro.
Éste está resuelto con breves pinceladas oscuras en ciertas partes
como las sombras y mediante diluidos transparentes en las medias tintas y luces.
Las ropas son un prodigio de carácter y de espontaneidad que destacan,
sin romper la unidad, con el fondo donde se funden ocres, tierras y grises.
Similar en el tratamiento y tan logrado es el Banco andaluz de fino color gris
azulado.
Distinto por su delicadeza de color es Niña sentada, sinfonía
en blanco, pues tanto el sombrero, el vestido, los zapatos y el sillón,
están coloreados con finísimos blancos matizados de distintos
colores, casi imperceptibles, que sólo una sensibilidad tan acusada como
la de Megía para el color era capaz de hacer.
En el Museo Provincial de Bellas Artes de Badajoz se encuentra una serie de
acuarelas tan notables como las anteriores, unas iniciales, otras muy terminadas
aun en los fondos. De éstas nos parecen las mejores El Trovador y Napolitana;
la primera es un acierto compositivo, la figura inclinada tiene un ritmo de
líneas admirable.
Su técnica, a pesar de lo minucioso del tratamiento, es sencilla, sintética
y parece realizada sin esfuerzo. Las calidades del rostro, ropas y maderas de
la guitarra están perfectamente adecuadas a cada una de las partes.
La segunda acuarela, en la misma tónica interpretativa que la anterior,
destaca por su vibrante color y delicado dibujo. Otras acuarelas importantes
son: Un árabe, Campesino, Soldado con un vaso de licor y varios desnudos
de carnes doradas, en los que el volumen de los cuerpos se consigue mediante
unas pinceladas cruzadas y transparentes de gran efecto.