VIDA
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NICOLÁS MEGÍA MÁRQUEZ
Francisco Pedraja
Muñoz
Universidad de Extremadura
Nicolás Megía nace el 6 de diciembre de 1845 en
Fuente de Cantos, provincia de Badajoz, bautizándose dos días
después en la Parroquia de Nuestra Señora de la Granada de aquella
villa. Le administró el Sacramento don Francisco Avelino Delgado, teniente
de Cura Párroco de aquella iglesia.
Fueron sus padres don Antonio Megía, natural de Fuente de Cantos, de
profesión labrador, y doña Luisa Márquez, natural de Aracena.
Se le impuso el nombre de Nicolás Francisco de Paula José, siendo
su padrino su abuelo materno y testigos don Guillermo Macías, clérigo
subdiácono, y don Diego Antonio Pagador (1).
El matrimonio tuvo cuatro hijos: Nicolás, Rosario, Francisca y Felipe,
que murió muy joven. La efigie de ellos nos la dejó en algunos
de sus magníficos retratos.
El padre de Nicolás, agricultor de pura cepa, que sabe de los sufrimientos
del campesino que mirando al cielo espera el agua como una bendición,
pensó para su hijo una profesión universitaria que le alejase
de esas inquietudes y sinsabores.
Nuestro futuro artista, después de sus estudios primarios y del Bachillerato
en el Instituto Provincial de Sevilla, inicia en Madrid la carrera de Medicina,
de la que sólo hace algunos cursos, dejándola a los 22 años
(2).
El propio Megía, pasados ya muchos años, cuenta los hechos al
periodista Fernando García Jimeno, que en la revista La Semana, fechada
en Madrid en abril de 1916, nos narra la conversación del siguiente modo:
“Cristalizó la vocación artística del ilustre hijo
de Fuente de Cantos allá por el año 66 a 67, en que abandonó
los estudios de Medicina para dedicarse de lleno al cultivo de la pintura, arrastrando
el enojo de la familia y teniendo que luchar a un tiempo por la vida y por la
gloria. Contaba Megía a la sazón veintidós años,
tenía entusiasmos y temperamento de artista; debía triunfar y
triunfó”.
Ya durante sus estudios médicos había iniciado sus clases particulares
de pintura, sin que lo supiesen sus familiares, con Valdivieso, que seguramente
promovería su vocación al arte. Sin embargo, su facilidad para
la pintura demostrada durante sus estudios le llevaría por otros derroteros
a los que el padre había pensado (3).
En el verano del tercer curso, de vuelta a Fuente de Cantos, comunica a su padre
la decisión de dejar la Medicina por el arte. Esto crea problemas familiares,
pues para un agricultor que soñaba ver a su hijo hecho médico
era incomprensible cambiar ese futuro por el incierto porvenir de un pintor.
Nicolás Megía, al retornar a Madrid, continúa sus clases
de pintura con ese gran profesional de Arte que era Valdivieso, y aunque el
padre le retiró la asignación que tenía para sus estudios,
la madre y los abuelos hicieron posible que pudiese continuar por el camino
del arte (4). Cuando Valdivieso se enteró de la falta de ayuda económica
paterna dejó de cobrarle la cantidad que tenían estipulada por
la lecciones de pintura.
Realiza durante estos años copias de Ribera, Zurbarán y Tiziano
en el Museo del Prado.
Fue maestro suyo también una de las figuras más importantes de
la pintura de la época, Casado de Alisal. La familia de Megía
conserva un grabado del célebre cuadro de Casado, La Campana de Huesca,
con una dedicatoria que dice: “A su buen amigo y compañero Megía,
afectuosamente, Casado”. El Museo de Badajoz tiene una acuarela de Casado
con una dedicatoria similar a Megía.
Sus estudios en la Escuela Superior de Pintura, Escultura y Grabado fueron tan
brillantes que se le conceden dos Medallas de Oro (5).
Ya la Diputación Provincial de Badajoz le otorga una beca para ampliar
estudios en Roma. Es en estos momentos cuando el gran escritor y político
Adelardo López de Ayala, paisano del pintor, ya que Guadalcanal pertenecía
aún a Extremadura, se convierte en mecenas suyo, abriéndole el
camino, que es tan difícil y espinoso en estos momentos iniciales.
Permanece en Roma los años 73, 74 y 75, y algunas de las obras más
importantes se realizan en este período. Una de ellas es el cuadro Campesina
italiana, que se conserva en el Museo Provincial de Badajoz, así como
otros de tipos populares italianos realizados al óleo o a la acuarela,
en donde Megía demuestra el gran avance técnico y expresivo que
va consiguiendo en su labor.
Tiene como compañeros en Roma, entre otros, a los pintores Robles y Fanego;
de esta amistad nos queda el dato de un paisaje de Venecia, del primero, dedicado
a Nicolás Megía, y de un retrato del pintor Fanego, hecho a plumilla
por Nicolás Megía y firmado en Roma en 1874. Durante estos años
empieza a ganar dinero con la pintura, y al volver en un verano a Fuente de
Cantos, al ver cierto apuro económico en su padre con motivo de los gastos
de la siega, le presta cierta cantidad. Aquello es una sorpresa para el padre
de Nicolás Megía, que no concebía que con la pintura se
pudiese hacer fortuna. Ante esto le dice: “Si yo supiese pintar lo haría
de sol a sol, como en el trabajo agrícola” (6).
Su contacto artístico con el ambiente romano se nota no sólo en
los temas de tipo campesinos italianos, sino también en la técnica
de la acuarela, pues no se puede olvidar el peso de Fortuny, gran acuarelista,
en los círculos artísticos de la Ciudad Eterna durante aquellos
años.
En 1878 se traslada a París, que entonces sufría la revolución
impresionista; pero estimamos que, salvo en algún pequeño paisaje
o en ciertos apuntes donde podemos encontrar las huellas de esta tendencia muy
atemperada, es en el círculo de la pintura oficial de un Meisonier donde
tiene sus preferencias. De este pintor tenía en su estudio un grabado
del célebre cuadro La derrota de Napoleón, lo que confirma nuestra
opinión (7).
Del año 1879 hay un pequeño cuadro que resulta entrañable
y demuestra la sensibilidad del artista. Es el retrato de un pájaro muerto
y tiene la siguiente dedicatoria: “Cardenal murió el 11 de diciembre
de 1879, de afección de pecho. En recuerdo”.
De su fecunda labor en París son muestra diversos cuadros en los que
Megía patentiza ser un artista hecho. Quizás El Estudiante de
Salamanca sea la muestra más clara. Está fechado en 1880. Este
mismo año envía a la primera exposición del círculo
de Bellas Artes de Madrid una acuarela titulada Una aldeana. Esta exposición
se realizó en el domicilio social de la entidad, calle Barquillo, 5,
y en el Catálogo se reproduce la pintura mediante un dibujo del propio
autor.
A la exposición de la sociedad de acuarelistas de 1882 concurre con una
acuarela titulada ¿Quién lo recoge?; la obra se reproduce con
un dibujo de Megía.
Anteriormente había hecho algún viaje a la capital de Francia
y también a Alemania para asistir a algunos congresos. Al país
germano, en el 74, y a Francia en el 75 como participante del Congreso Internacional
de Ciencias Geográficas (8). El pintor francés Dufaiz le dedica
en estos tiempos un paisaje como muestra de su amistad.
En el año 1885 dona una acuarela que lleva el título de Una aragonesa
para las víctimas de los terremotos. La exposición se hace en
el palacio de Altamira. El cuadro Laboremus obtiene un gran éxito y se
reproduce en varias revistas, una de ellas un almanaque inglés que dice
“El Estudiante de Salamanca, N. Megía, siglo XIX”, y arriba,
de su puño y letra, puso Laboremus (9), y otra en la primera página
de la revista de arte La Ilustración Artística, editada en Barcelona,
y en el número de mayo de 1886.
Gran parte de su producción como acuarelista comienza a venderse en Alemania,
donde era muy apreciado, gracias a un marchante que le compraba toda su obra
de esta técnica.
La madre del pintor, siempre que volvía al pueblo, le animaba para que
se casase, pues le preocupaba el ambiente bohemio de los artistas y la edad
de Nicolás, que sobrepasaba los treinta años. Uno de los veranos
en que el artista volvió a su tierra, después de unas fiestas
en el cercano pueblo de Monesterio, le dijo Megía a su madre que ya tenía
novia y poco después se celebró la boda. La esposa, a la que le
unía parentesco lejano, era doña Mariana García y Pérez
Carrasco, natural de Monesterio, y tenía 18 años, duplicándole
la edad Nicolás Megía. El viaje de bodas a París para ella,
que no había salido de su pueblo, fue entrar en un mundo de fantasía.
La hija del pintor contó a los nietos las impresiones de esta visita
inolvidable.
Ya en Madrid pone su estudio en Martín de los Heros, 16, decorándolo
con los recuerdos de sus viajes: muebles renacentistas italianos, tapices árabes,
sillones frailunos de cuero y un barguño taraceado. Todo lo conservan
sus nietos con exquisito cariño.
Su afán coleccionista es patente en la gran cantidad de medallas, y sobre
todo armas, que forman una espléndida colección. Espingardas árabes,
escopetas grabadas y damasquinadas, con fechas de 1846, 1791, 1720, etc., armas
blancas orientales, árabes, filipinas, del Japón. Todo ello formaba
un ambiente muy acorde con el gusto de la época.
En la Exposición Nacional de 1884 presenta su cuadro En el harén,
una de sus mejores obras (10). No obtiene ninguna recompensa, pero La Ilustración
Artística de Barcelona reproduce el cuadro al mismo tiempo que hace grandes
elogios de él, elogios que, más que crítica, como en el
caso de Laboremus, es una glosa de exaltación de tipo literario. En esta
exposición fueron premiados Sorolla, por su cuadro El Dos de Mayo; Moreno
Carbonero, por La Conversión del Duque de Gandía, y otros muchos
artistas muy inferiores a Megía.
Tendría que esperar a la Exposición Nacional de 1890 para conseguir
una medalla de segunda clase por su cuadro histórico de gran tamaño
El sitio de Zaragoza, tema coincidente con el de la célebre composición
musical de su paisano Cristóbal Oudrid. Este mismo año presentó
en la Exposición del Salón Hernández de Madrid “una
preciosa acuarela” (11) titulada Una devota de ayer.
En esta época muere su esposa a causa de una erisipela. En un retrato
de ella, pintado por Megía, se notan en la inflamación del rostro
las huellas de la enfermedad; esto nos confirma el realismo de su pintura. La
tristeza que le produce esta pérdida le hace dejar temporalmente los
pinceles, y sus amigos tienen que obligarle a continuar el cuadro La Defensa
de Zaragoza, que sin este incentivo no lo habría terminado para la Exposición
Nacional anteriormente mencionada, y en la que obtuvo ese premio importante
(12).
Sus relaciones con la Corte, quizá por medio de Adelardo López
de Ayala, hizo que pintase un retrato del rey Alfonso XII en 1875, y posteriormente
fue nombrado profesor de pintura de las infantas, hermanas de Alfonso XIII,
cargo que no llega a ocupar al no acceder a ir vestido de etiqueta a dar la
clase. Relacionado con el retrato mencionado hay una anécdota que juzgamos
interesante desde el punto de vista humano; inició la pintura con dos
sesiones del natural, en Palacio, y después, en el estudio, con un modelo
vestido con el traje de gala del Rey; como éste tuviera de asistir a
una ceremonia oficial, tuvo que enviar por el uniforme, pues era el único
que tenía, devolviéndoselo posteriormente para terminar el cuadro.
Esto da idea de la economía de medios en Palacio y del carácter
humano del Rey.
También envió un cuadro a la Exposición de la Prensa Asociada,
que se hizo para recoger fondos con destino a los damnificados de las provincias
que sufrieron inundaciones ese año.
A la Exposición Regional de Extremadura, que con motivo del IV Centenario
del Descubrimiento de América se celebró en Badajoz, envió
varios cuadros que causaron gran sensación entre sus paisanos. En el
Diario de Badajoz decían: “De los cuadros que más llaman
la atención es el cuadro del Sr. Megía (pensionado por la Excma.
Diputación Provincial por espacio de siete u ocho años en París
y Roma). Este cuadro, Ciociara, firmado en Roma en 1873, es precioso por lo
bien dibujado que está” (13).
También en esta exposición presentó los óleos Laboremus
y En el harén y dos acuarelas.
En el certamen que con el mismo motivo se celebró en Madrid expuso Una
cabeza (estudio) de indudable valor.
En los finales del siglo realiza algunos de sus más extraordinarios retratos,
entre ellos el del Doctor Castro, de gran vigor y soltura de pincelada, y de
varios de sus hijos, de expresividad sicológica y técnica. Los
de su hija llevan fecha de 1894 y 1896; es todavía una niña de
mirada nostálgica y soñadora. De su hijo Luis, firmadas en 1895
y 1897, nos deja dos efigies de gran encanto interpretativo.
Megía tuvo tres hijos: Luis, Santiago y Rosario, de los que nos dejó
muchos retratos de distintas edades. A esta lista podríamos añadir
el retrato del juez Zapata y el del Secretario de la Diputación de Badajoz.
En estos últimos años de su vida su labor es casi exclusivamente
como retratista.
Sigue participando en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes. En la de
1895 es otra pequeña obra titulada En el figón la aportación
que hace, y hasta 1906 no aparece de nuevo su nombre en estos certámenes.
En la exposición de este año presenta tres retratos de difícil
identificación, pues sus títulos son las iniciales del nombre
y apellidos de los retratados.
En la Sociedad de Acuarelistas, de la que llegó a ser presidente, también
expuso sus obras con éxito muy grande; otro tanto pasó en las
exposiciones del Círculo de Bellas Artes.
De 1906 hay una fotografía del pintor, obra de Kaulak, fotógrafo
de gran fama. Su aspecto es noble y sereno, tiene barba y recuerda a Víctor
Hugo en su época triunfal. La foto tiene la fecha escrita por el propio
pintor (14).
Durante estos años alterna sus actividades artísticas con la enseñanza.
Reseñamos a continuación una relación de los cargos que
había conseguido: en el año 1881 es nombrado profesor de Dibujo
Artístico de la Escuela Central de Artes y Oficios de Madrid; en 1883
vocal suplente del tribunal de oposiciones para profesores de Dibujo de Instituto
(15). En la década de 1890 le conceden los siguientes nombramientos:
Profesor interino de Dibujo de Adorno y Figura, sin emolumentos y como mérito,
de la Escuela Superior de Artes y Oficios de Madrid; en 1892, vocal suplente
del tribunal de oposiciones para profesores de Dibujo de Instituto (16); en
el mismo año, ayudante de dibujo de la Escuela Central de Artes y Oficios;
en 1896 vocal del jurado de becas para la Escuela de Roma; en 1897 vocal del
jurado de Oposiciones a profesor de Dibujo de Perspectiva y Paisaje de la Escuela
de Bellas Artes de Barcelona (17); a principios del siglo XX, en 1902, es nombrado
profesor numerario de Dibujo Artístico de la Escuela Superior de Artes
y Oficios por el entonces ministro conde de Romanones. Unos años después,
en 1913, le viene el ascenso en el mismo cargo, con un sueldo de 7.000 pts.
anuales. El oficio viene firmado por el ministro de Fomento e Instrucción
Pública Ruíz Jiménez (18).
En estos años que hemos reseñado su labor de pintor es muy destacada
en el ámbito del retrato, siendo algunos verdaderas obras maestras. De
su hija Rosario hace dos obras espléndidas, una en 1894, cuando tenía
ocho años, y otra dos años después. En ellos demuestra
su adaptación a las características del modelo, suave pincelada
y fundidos de tenue cromatismo, y en cambio, en los retratos de adultos o viejos,
más pasta de color y superior vigor interpretativo.
Su padre político era médico de profesión y aficionado
a la pintura. De él tienen los herederos algunas obras en las que se
notan retoques de una mano más diestra que pudo ser la de Nicolás
Megía.
En 1917 muere Megía en Madrid. Su hija Rosario, perenne compañera,
siente la pérdida tan fuertemente que no puede permanecer en aquella
casa en la que la ausencia se ha hecho presencia viva, y se traslada la Monesterio,
a la casa de sus padres. Ahí vuelve a colocar el estudio de su padre
exactamente igual que estaba en la calle de Martín de los Heros. Es como
un milagro de fervoroso recuerdo al gran artista, milagro que han sabido hacer
presente los nietos del pintor. Toda su vida está resumida en las paredes.
Su retrato, con apenas veinte años, obra de su maestro Valdivieso, nos
contempla desde un rincón. Cerca, una foto de tonos desvaídos
da un salto de cuarenta años y nos mira desde el 1906.
Retratos, retratos de los tres hijos: Rosario, que aparece contenta en aquel
refugio de casi eternidad, quizá porque deseaba con sus ocho años
volver a jugar entre esas paredes; Luis, serio y meditativo; la esposa del pintor,
junto a sus padres. Parece una agradable y silenciosa tertulia de reencuentro
en el hogar. Fuego de genio presente en la maestría de los pinceles.
Amistad en las dedicatorias de Casado de Alisal y otros artistas. Fotos familiares
que el tiempo secó como una hoja; López de Ayala, desde una de
ellas, de esos recuerdos participa.
Maura nos deja su recuerdo no como político, sino como artista en un
paisaje a la acuarela. Libros que esperan el posarse de nuestras miradas. Armas
junto al tapiz que sirvió de fondo a algún cuadro. Bocetos, apuntes
de paisajes: Roma, Zaragoza, Berlín, París en el recuerdo de medallas.
Palacio solariego de blancas paredes y techos de vigas de madera oscura; antigua
posada donde pasó una noche, camino de Sevilla, Lord Byron. La sombra
del poeta parece jugar como un poema de luz en un apunte del Coliseo de Roma.
Allí están resumidas en cuatro paredes las vivencias de un artista
plasmadas en sus obras que cuelgan de los muros, allí los libros, los
muebles y las fotos descoloridas por el tiempo; es la obra de uno de los más
importantes artistas españoles del siglo XIX que espera el reconocimiento
de nuestro país, tan dado al olvido.
* * *
NOTAS
1. Folio 340 del Libro de Bautismo nº 20 de la Parroquia de Nuestra Señora
de la Granada de Fuente de Cantos.
2. Confirmado por los nietos y por Francisco Alcántara en su artículo
de El Imparcial, de abril de 1917.
3. Testificado por su nieto don Antonio Carrasco Megía.
4. Íbidem.
5. Certificado de Federico Madrazo, de 26 de julio de 1870. En él se
dice que tuvo medallas de oro al final de los cursos.
6. Noticia de su hija Rosario transmitida por el nieto del pintor don Antonio
Carrasco Megía.
7. El grabado se conserva en su casa-estudio de Monesterio (Badajoz).
8. Estos recuerdos están en poder de su nieto Luis Carrasco Megía.
9. La reproducción del cuadro Laboremus está en su estudio de
Monesterio (Badajoz). En 1987 se expuso en Sammer Gallery, de Madrid, una copia
realizada por el pintor Millán (20x30 cms.), y en 1989 se subastó
en Galerías Durán.
10. El cuadro se encuentra en el Museo Provincial de Badajoz y fue donado por
su hijo Luis.
11. Diccionario Hispano-Americano, 1896.
12. Este cuadro fue adquirido por el Estado en 7.000 pts. Documento del Archivo
familiar de don Antonio Carrasco Megía, nieto del pintor.
13. Diario de Badajoz, 19 de agosto de 1892.
14. Se conserva en el estudio del pintor en Monesterio.
15. Documento que posee su nieto don Antonio Carrasco Megía.
16. Íbidem.
17. Íbidem.
18. Íbidem.